
Angélica Ojeda
Este es mi corazón latiendo por Mérida, mi hogar desde hace más de veinte años. Muchas veces me encontré siguiendo las noticias, viendo las imágenes de tragedias que azotaban otros lugares, creyendo comprender el dolor a través de una pantalla.
Aunque no estuve en mi pueblo el día de la tragedia, mi regreso a casa fue el más devastador que he vivido. Vi una desolación que me partió el alma y desde ese momento, una profunda tristeza se adueñó de cada rincón de mi ser. Sentí como si el cielo no quisiera mostrarnos de nuevo el sol; todo el panorama pintaba una oscuridad que cubrió no solo el paisaje, sino también la esperanza.
Al volver, cada rostro que encontré era un espejo de mi propio sentir: escuálidos y demacrados por la tragedia, con miradas perdidas y gestos de angustia que revelaban la magnitud de lo que habíamos vivido y es que es como perder a un ser querido. En ese momento Mérida y sus habitantes habíamos perdido demasiado y teníamos una herida profunda en el alma porque todo aquello que conocíamos y amábamos ya se había transformado en polvo y escombros.
Mientras el río, antes fuente de vida, ahora dejaba una estela de destrucción, una pregunta me invadía: ¿cuál ruido fue más fuerte, el de las motos y máquinas trabajando o el del río enfurecido?. El rugido del agua, indomable y destructivo, había silenciado todo a su paso; pero entre la desolación, un nuevo sonido comenzaba a alzarse: el de la solidaridad, ya que si bien sabía que la gente era solidaria, jamás lo había visto de una forma tan literal, una demostración de unión que me conmovió y que era un bálsamo para el alma de cada persona de los pueblos.
Vi a personas observando el caos, sus ojos fijos en la destrucción, buscando una respuesta que nadie tenía; era como si pensaran que el cielo les fuese a devolver algo, una necesidad de entender lo inexplicable que solo aumentaba la impotencia que nos embargaba a quienes habíamos perdido tanto, siendo la visión tan sobrecogedora que las palabras sobraban y solo quedaba el silencio y la desesperanza.
El dolor persiste
Han pasado los días y aunque el dolor persistía, había una señal de esperanza en la acción, pues cientos de motos, sin conocer la ruta pero con un objetivo claro, se movilizaban incansablemente por los caminos improvisados, ya que no importaba la dirección, la meta era siempre la misma: ayudar, reconstruir, aliviar el sufrimiento y en cada motor que rugía, en cada mano extendida, sentía el pulso de nuestra ciudad y de nuestros pueblos, heridos sí, pero negándose a rendirse.
El páramo y sus pueblos lloramos, lamentamos nuestras pérdidas, pero también nos levantamos entre los escombros y el recuerdo de un cielo que se negó a mostrar el sol, se encendió la llama de la resiliencia y la inquebrantable fuerza de un páramo que se negó a ser vencido y aunque la reconstrucción será larga y ardua, la solidaridad demostró ser el cimiento más fuerte para lo que vendrá.

