
Hemos visto esta postura en numerosas películas y series japonesas, donde los personajes se sientan de rodillas como muestra de respeto o solemnidad, o como gesto habitual.
La forma tradicional de sentarse de rodillas en Japón, conocida como seiza, siempre ha despertado curiosidad por su incomodidad y su profundo simbolismo cultural. Aunque hoy se asocia a ceremonias del té, funerales o artes marciales, su origen se remonta a un periodo de gran tensión política y desconfianza entre los clanes del Japón feudal.
Durante el siglo XVII, tras una era marcada por guerras civiles y conspiraciones entre señores feudales, la instauración del shogunato trajo consigo una aparente estabilidad. Sin embargo, la necesidad de mantener bajo control a los daimyō, líderes regionales con poder militar, impulsó medidas que iban más allá de lo administrativo.
Entre ellas, se impuso el uso del seiza como forma de sentarse durante las audiencias con el shōgun. Una postura diseñada para imposibilitar el ataque, era una forma efectiva de mostrar que no se pretendía asesinar al anfitrión.
El seiza priva de flujo sanguíneo a las piernas tras pocos minutos, provocando entumecimiento y dificultando cualquier movimiento brusco. Esta característica fue aprovechada estratégicamente por el shogunato para reducir el riesgo de ataques sorpresa durante reuniones diplomáticas.
La práctica se institucionalizó también en los chashitsu, o salas de té, donde los samuráis mostraban respeto y ausencia de hostilidad al adoptar esta postura. Con el paso del tiempo, el seiza evolucionó desde su propósito inicial como estrategia disuasoria a un símbolo de disciplina, formalidad y etiqueta en la cultura japonesa. Su uso persiste hoy en contextos ceremoniales, a pesar de que sigue siendo incómodo incluso para muchos japoneses.
T/Agencias

