
Olfatear no es solo una forma de interactuar con el entorno para los perros, es su manera principal de ver el mundo. Si los humanos nos guiamos principalmente por la vista, ellos lo hacen por el olfato. Su nariz alberga más de 10 millones de receptores olfativos, casi el doble que nosotros, y su capacidad para detectar olores es 10.000 veces superior. Pueden percibir cantidades mínimas de una sustancia, como por ejemplo apenas 0,01 microlitros de gasolina, y eso explica su insustituible papel en tareas de detección.
Sin embargo, aunque sabemos que su olfato es extraordinario, poco entendemos aún de cómo interpretan esos olores. ¿Qué experimenta un perro cuando huele algo? ¿Cómo lo procesa su cerebro? ¿Hay un componente emocional en esas percepciones?. Un nuevo estudio, publicado el pasado marzo en la revista Journal of Biophotonics, trata de arrojar algo de luz sobre estas preguntas.
El reciente estudio liderado por Ilana Propp y su equipo propone una alternativa innovadora: analizar las reacciones cerebrales a través de patrones de interferencia de luz láser y procesarlos mediante inteligencia artificial.
El proceso
Para ello, los investigadores expusieron a cuatro perros relajados y con los ojos vendados a diferentes olores: alcohol, marihuana, mentol y ajo. Al mismo tiempo, dirigieron un láser verde hacia tres regiones cerebrales clave: la amígdala, el bulbo olfatorio y el hipocampo. Estas áreas están implicadas, respectivamente, en la emoción, la detección de olores y la formación de recuerdos.
La luz reflejada generó un patrón de un dibujo «moteado» único para cada área cerebral y para cada olor. Mediante una cámara de alta resolución y un programa informático, la inteligencia artificial fue capaz de distinguir cómo respondía el cerebro del perro a cada estímulo olfativo.
Los resultados apuntan a algo muy interesante: la amígdala, que procesa las emociones, tuvo un papel destacado en la discriminación de olores. Esto sugiere que el olfato no solo activa respuestas sensoriales, sino también emocionales en los perros.
No se trata simplemente de «oler algo», sino de sentir algo al oler. Esta idea no es nueva en los humanos, donde olores y emociones están estrechamente ligados (el aroma de una comida puede trasladarnos a la infancia, por ejemplo), pero en el caso de los perros, esto solo permanecía al campo de las suposiciones.
T/2001

