Natchaieving Méndez

Hace 50 años, el mundo fue testigo de la bochornosa caída de la soberbia. A primeras horas de aquel miércoles 30 de abril de 1975, una columna de tanques T-54 del Ejército de Vietnam del Norte entrando a la ciudad de Saigón (hoy conocida como Ho Chi Minh), oficializaba la derrota de los últimos vestigios de las fuerzas survietnamitas, apoyadas desde 1953 por cinco gestiones presidenciales de la Estados Unidos (EE. UU).

El planeta contuvo el aliento cuando el tanque número 843 se estrelló contra el portón del Palacio de la Independencia. Al atascarse, el capitán del Ejército Popular, Bui Quang Than, saltó de la unidad blindada y corrió hasta el tejado del edificio para plantar la bandera del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur (FLNVS). Fue el momento en el que el sueño imperial estadounidense se volvió polvo en Saigón.

Un helicóptero despegó del techo del edificio usado por la embajada de EE. UU y su Agencia Central de Inteligencia (CIA), abandonando a empleados survietnamitas que se aferraban a las escaleras de la aeronave para huir.

Mientras el presidente de 48 horas, Duong Van Minh, leía su discurso de rendición, marines destruían documentos en la embajada norteamericana. Calles repletas de papeles quemados, vehículos abandonados y carteles de EE. UU. arrancados era la ambientación de este momento. Algunas personas lloraban, pero una inmensa parte de la población celebraba con banderas del FLNVS.

Estas imágenes que recorrieron el mundo, simbolizaron el fracaso de una potencia engrandecida por sus propagandas explícitas y subliminales difundida en plena Guerra Fría. Contrario a la narrativa difundida por la industria hollywoodense, el fiasco de la política exterior del Estados Unidos se evidenció y además mostró lo innecesario de un costo humano de aproximadamente 3 millones de personas.

La caída de Saigón marcó el colapso definitivo de Vietnam del Sur no solo por ser el lugar que albergó a las fuerzas survietnamitas y a la embajada de EE. UU, además fue el centro de suministros y comunicaciones. Era un final anunciado tras la Ofensiva de Primavera iniciada por el Ejército de liberación en marzo en el último bastión del imperialismo estadounidense, que ya había retirado sus tropas en 1973 tras los Acuerdos de París.

Obsesión ciega de poder

Al culminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, Estados Unidos fue el único país que intervino en este proceso bélico que lejos de tener pérdidas (sin desestimar las más de 400 mil humanas que cayeron) tuvo la ganancia de resurgir como potencia mundial en diversos ámbitos. Es así como durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética empleó todo su arsenal propagandístico no solo para realzar su poder económico, armamentístico y militar, además para combatir la ideología contraria a su sistema capitalista: el comunismo.

En el otro lado del hemisferio, las secuelas de la Gran Guerra seguían causando estragos. Tal como lo reseña Wiston Márquez en su artículo en la revista Kaeyú, una Francia debilitada pretendía recolonizar a Vietnam, que estaba ocupada por Japón. Es así cuando “estalla la Guerra de Indochina (1946-1954) para desocupar a los nipones y mantener el control galo sobre Vietnam, Laos y Camboya”, reseñó.

En 1954, se concretó el fracaso de Francia sobre Vietnam con la firma de un Acuerdo en la Conferencia de Ginebra, que dividió en Norte, de ideología comunista y Sur que era prooccidental, pero aun conservaba células de grupos de liberación. En este último territorio, a cargo de Bảo Đại , se programaron unas elecciones para 1956 que nunca ocurrieron por un golpe de Estado de Ngô Đình Diệm, ejecutado con apoyo estadounidense.

En el gobierno de Ngô Đình Diệm (1955-1963) la corrupción era la línea imperante. El autoritarismo mantenía al pueblo en sumisión y condiciones de esclavitud. El hermano del dictador controlaba la policía secreta y redes de extorsión.

Todo esto era público y notorio, pero EE. UU. desestimó las necesidades del pueblo survietnamita para no perder su baluarte anticomunista en el sudeste asiático. Priorizó los intereses geopolíticos de la Guerra Fría sobre la estabilidad interna y los derechos de la población local.

La obsesión por detener el avance del comunismo llevó a Washington a mantener el apoyo a gobiernos corruptos y represivos, esquivando las demandas de justicia social, democracia y reforma agraria de los survietnamitas. Todo esto no solo afianzó el creciente resentimiento de la población al régimen de Saigón, también fortaleció la capacidad, inventiva y estrategia del Ejército de Vietnam del Norte.

Aunque Washington respaldó el golpe de Estado contra su antiguo aliado Ngô Đình Diệm, en las décadas siguientes mantuvo su financiamiento a los gobiernos militares y débiles de Vietnam del Sur. La inestabilidad se hizo más crónica y el avance comunista era inevitable. En 1965, EE. UU. aumentó su intervención directa con el envío de tropas, pues la desorganización del Gobierno survietnamita era insoportable a sus intereses.

Lejos de conseguir una solución, esto profundizó la dependencia de Vietnam del Sur hacia la Casa Blanca, lo cual profundizó el caos que culminó con la caída de Saigón.

El fénix asiático

Una vez ocurrida la caída de Saigón, Vietnam se convirtió en República Socialista. Tras un costo devastador estimado entre 3.5 y 5 millones de vidas perdidas y millones de daños materiales que aun tienen su repercusión, el nuevo sistema aplicó políticas de colectivización agrícola y nacionalización de industrias.

La escasez y una crisis económica producto de dos décadas de guerra, impulsaron a que en 1986 el gobierno de Vietnam lanzara el Đổi Mới (Renovación), una serie de reformas que introdujeron elementos de economía de mercado. Estas medidas revitalizaron sectores como el turismo y la manufactura, y atrajeron inversión extranjera

Es así como Vietnam pasó de ser uno de los países más pobres a una de las economías de más rápido crecimiento en Asia, con un PIB que se multiplicó por 10 desde 1990. Medio siglo después, emerge como testimonio de resiliencia: de un territorio arrasado por décadas de conflicto a potencia económica asiática, mientras EE.UU. carga aún con las secuelas de su mayor derrota geopolítica.

Aquel 30 de abril de 1975 no fue solo el día en que un tanque derribó los portones de un palacio presidencial, fue un punto de inflexión que enseñó al mundo que ni el poder militar ni la propaganda pueden imponerse a la voluntad de un pueblo decidido a escribir su propia historia. De todo esto el recordatorio universal: los imperios caen, pero las naciones que luchan por su soberanía perduran.