
Pareciera que Dios dejó de habitar solo en los templos y en las oraciones para mudarse, sin ningún tipo de disimulo, a las salas de campaña de los partidos políticos. A las puertas de las elecciones en Brasil, el panorama internacional lo confirma. Las oraciones, el altar y las alabanzas dejaron de ser un asunto privado para convertirse en una poderosa maquinaria para sumar votos.
En la historia política de la humanidad, esta estrategia tiene múltiples antecedentes. En la antigüedad, faraones y emperadores se proclamaban intermediarios divinos, una idea de «derecho celestial» que continuó con los reyes medievales. Hoy se evidencia en campañas como la de Brasil, donde los candidatos usan símbolos, fe y valores morales compartidos para conectar con el electorado.
Veámoslo con datos reales del país suramericano que el próximo domingo decidirá entre el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, y su opositor, Flávio Bolsonaro, quién dirigirá la nación. Según la encuesta Quaest, Lula cuenta con un 48% de apoyo entre los católicos frente a un 29% para su rival de tendencia derechista. Entre los evangélicos pasa lo contrario, Flávio lidera con un 46% y Lula apenas llega al 27%.
Otras encuestadoras como Real Time Big Data otorgan al candidato del Partido Liberal (PL), organización política de extrema derecha, una ventaja aún mayor entre evangélicos, alcanzando un 52 % frente al 31 % de Lula. Por su parte, Datafolha registró una intención de voto entre católicos es de 45 % para el actual presidente y 33 % para su contrincante, mientras que entre los evangélicos el segundo obtiene el 47 % frente al 27 % del actual mandatario.

La balanza de la fe
Toda esta campaña religiosa en Brasil no es casual. De acuerdo con el Instituto de Estudios da Religião (ISER) y Quaest, católicos y evangélicos practicantes representan 79% de la población con 16 años o más. Esto explica por qué a pocos días de unas elecciones presidenciales ninguna organización política puede ignorar este dato importante que conecte con la emotividad del electorado.
ISER señala, además, que los evangélicos representan ya entre el 27% y el 31% de la población, lo que equivale a unos 47 millones de personas. Proyecciones indican que para octubre de 2026 podrían llegar al 35,8%, lo que demuestra el crecimiento de esta comunidad en el país suramericano.
En contraste, la comunidad católica ha perdido seguidores en Brasil en las últimas décadas. Mientras en los años 70, más del 91,8% de los brasileños se declaraba católico, hoy esa cifra ronda el 50%.
Lo anterior ha sido considerado por los candidatos la presidencia 2027-2030 y eso se ha evidenciado en sus campañas electorales. Lula envió cartas a los evangélicos con pasajes bíblicos, incluyó canciones religiosas en sus propagandas y convocó un “reloj de oración” para que sus simpatizantes dedicaran minutos a pedir por la paz, la justicia y la protección del país.
Por su parte, líderes evangélicos como el pastor Silas Malafaia movilizaron a sus fieles mediante organizaciones como el Consejo Interdenominacional de Ministros Evangélicos de Brasil (Cimeb), que agrupa a más de 10.000 pastores. Su objetivo fue respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro para superar el escándalo que meses atrás involucró al político con un banquero privado de libertad. Sin embargo, la matriz de temor hacia la izquierda que se ha regado en Latinoamérica pudiese favorecerlo el próximo domingo.
La polémica por la Virgen
A solo seis días de la primera vuelta, una publicación encendió las redes y las alarmas de la campaña. El humorista Antonio Tabet hizo un comentario irónico sugiriendo que, con el avance del poder evangélico bolsonarista, le quitarían a Nossa Senhora Aparecida su estatus oficial de patrona de Brasil. Rápidamente, la sátira se tomó literal y se viralizó que ultraderechista impulsaría ese proyecto.

Esta versión citaba una iniciativa presentada en 2007 por un exasesor y exdiputado cercano a la corriente de Bolsonaro y, aunque ese proyecto estaba archivado desde hacía años y no existía ninguna propuesta reciente, simpatizantes políticos rescataron la información en redes sociales. El rumor cobró fuerza y desató un fuerte debate.
Vale destacar que esta advocación de la Virgen es profundamente querida por los brasileños. Su historia se remonta a 1717, cuando tres pescadores sacaron del río Paraíba una pequeña imagen de madera sin cabeza y luego la cabeza de la santa. Cuenta la leyenda que, tras rescatarla, sus redes se llenaron de peces de forma milagrosa, convirtiéndola en un símbolo de fe, consuelo, identidad nacional y devoción popular.
De allí que Nossa Senhora Aparecida cuenta hoy en día con uno de los santuarios y templos religiosos más grandes del planeta. Mientras que los católicos la veneran como protectora del país, la religión evangélica no la reconoce como objeto de culto, y esta diferencia doctrinal aumentó la tensión entre ambas comunidades a lo largo de la contienda electoral.
Durante una entrevista con la emisora Band el pasado domingo Lula aprovechó el tema y declaró: “Eso de meterse con Nossa Senhora Aparecida no es aceptable (…), será patrona de Brasil porque el pueblo quiere y tiene fe”. Asimismo, en un acto público afirmó que mientras esté en el gobierno nadie le faltará el respeto a la patrona y pidió respetar todas las religiones.
Por su parte, Bolsonaro reaccionó con dureza para frenar el impacto negativo y afirmó que jamás existió un plan para retirar ese título a la santa. Acusó al gobierno de diseminar noticias falsas. “¡Todo el mundo sabe que respeto las religiones. A todas!” expresó el candidato del PL. Igualmente, responsabilizó a sectores de la Iglesia católica de colaborar con la oposición.
Disputa judicial y giro religioso
Este escándalo llegó hasta las autoridades electorales e involucró a la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, la cual rechazó las acusaciones de Bolsonaro y aclaró que no produjo, autorizó ni participó en la difusión de información falsa. De igual forma, el movimiento de pastores Cimeb repudió el uso de mentiras para promover disputas religiosas.
Desde el ámbito judicial también hubo acciones, algunas contradictorias. Mientras el juez André Mendonça, del Tribunal Superior Electoral, ordenó retirar las publicaciones sobre el tema, el ministro Flávio Dino, del Supremo Tribunal Federal, anuló la orden defendiendo la libertad de expresión. Finalmente, el ministro Luiz Fux intervino a solicitud de Bolsonaro y suspendió nuevamente el contenido.
Pese al desmentido, la polémica tuvo un efecto directo en las encuestas. Según Quaest, luego de este suceso, Lula subió cinco puntos entre los católicos (pasando de 43% a 48%) y cuatro puntos entre los evangélicos (de 23% a 27%). En tanto, Bolsonaro retrocedió tres puntos entre los evangélicos, cayendo del 49% al 46%.

Esta disputa y relación entre la política y la religión no es nueva en el país carioca. Entre los años 70 y 80, la Iglesia católica, a través de las comunidades eclesiales de base y la teología de la liberación, impulsó las causas populares y ayudó a fundar Partido de los Trabajadores (PT), organización que lidera Lula.
Al mismo tiempo, en esos años, el crecimiento de las ciudades trajo una fuerte migración hacia las periferias urbanas. En esos sectores marginado donde la presencia del Estado era escasa, las iglesias pentecostales y neopentecostales se establecieron con rapidez. Ofrecieron a la población un sentido de comunidad, apoyo social y un mensaje de superación personal basado en la teología de la prosperidad. Esto permitió un crecimiento constante que transformó la composición social brasileña en pocas décadas.
La distancia entre la izquierda y las iglesias evangélicas se profundizó con el paso de los años debido a debates sobre valores, la familia y el aborto. Jair Bolsonaro, padre del actual candidato, aprovechó esta división utilizando el lema “Dios por encima de todos”, uniendo el discurso religioso con el nacionalismo. Hoy, su hijo hereda esta base electoral siendo él mismo evangélico.
Brasil llega a las urnas en un escenario de empate técnico para la segunda vuelta, donde cada voto cuenta. Con la segunda población cristiana más grande del mundo, solo detrás de Estados Unidos según Pew Research, la fe sigue marcando el rumbo político. Como señalan analistas, aunque la votación sea electrónica, muchos ciudadanos acuden con la Biblia o el rosario.
No solo Brasil
Lo ocurrido en Brasil demuestra la vigencia de utilizar la emotividad para ganar votos Los planes de gobierno y los números de la economía atraen atención, pero la fe toca fibras mucho más profundas. Un dirigente puede equivocarse al explicar la inflación, pero nadie le perdona una duda cuando cita un texto sagrado.
Entonces, apelar al cielo otorga un aire de honestidad que convence mucho más rápido que un plan escrito. Diversos especialistas en la materia coinciden en que los electores no buscan necesariamente al profesional más capacitado para el cargo, prefieren al líder que comparte sus mismos valores éticos, sus principios de vida y su visión de familia. Mostrar una Biblia o rezar en una tarima funciona como un mensaje claro de identidad que transmite seguridad y cercanía inmediata.
Esto bien lo saben los asesores de Abelardo de la Espriella, quien durante años fue conocido por mantener un perfil laico e incluso por admitir públicamente posturas ateas. No obstante, al asumir la candidatura para ocupar la presidencia de Colombia, el giro en su mensaje fue evidente.
Su frase de campaña «¡Viva Cristo Rey!» se convirtió rápidamente en el pilar central del discurso público de Espriella. Entonces, ante la transformación ocurrida en un periodo muy corto la pregunta es inevitable: ¿Esta conversión respondió a una vivencia personal o a un cálculo matemático para ganar simpatías? Cada quien, de acuerdo a sus creencias, tendrá la respuesta, aunque realmente la realidad resulta bastante obvia.
Según la Defensoría del Pueblo colombiana, 78,6 % de la población es católica; 10,1 % es protestante, evangélica o cristiana; 7,8 % manifiesta creer en Dios sin religión; 1 % son judíos, musulmanes y budistas y 0,6 % expresa ser atea o agnóstica. Frente a estos números, presentarse como ateo en un país profundamente creyente no era ni es una opción en esta tierra neogranadina.
Lo anterior explica por qué Espriella prometió en su discurso para llegar a la presidencia una “patria milagro”. Además, comparó su liderazgo con Ciro el Grande, rey de Persia, recordado en la Biblia por romper el exilio del pueblo de Israel y conducirlo de regreso a su tierra. Ahora como presidente puso de rodillas a orar a todo su gabinete y, el día de su juramento, invitó a dos monseñores católicos, un rabino y un pastor para una alabanza.
Todo el apoyo de los promotores de fe durante la campaña electoral rumbo a la presidencia, lo está retribuyendo el ahora primer mandatario de Colombia con cuotas de poder, visibilidad institucional y el compromiso de librar la llamada batalla cultural desde el Estado. La exfiscal general Viviane Morales, de la iglesia Casa sobre la Roca, fue designada ministra de Educación, mientras su esposo Carlos Alonso Lucio, miembro de la misma iglesia, fue asignado al equipo de enlace entre el nuevo gobierno y el saliente de Gustavo Petro.
El pastor Jaime Andrés Beltrán, también recibió su cuota de poder como ministro de Vivienda, en tanto el católico ultraconservador Alejandro Ordóñez ahora es el representante colombiano ante la OEA. La cuota de la Misión Carismática Internacional, iglesia que cobija a las congresistas Borda y Castellanos, se hizo concreta con la llegada de la concejala y pastora Clara Lucía Sandoval a la gerencia del Ejecutivo para Bogotá.
Investigadores como el sociólogo francés Jean-Pierre Bastian han documentado ampliamente este fenómeno en sus estudios sobre religión y política en América Latina. Este especialista explica cómo los sectores religiosos pasaron de ser grupos marginales a convertirse en actores corporativos capaces de negociar apoyo político a cambio de cuotas de poder e influencia normativa.
La religión convertida en norma
Donald Trump, en Estados Unidos, llevó la combinación entre conservadurismo religioso y poder a su máxima expresión. Desde el movimiento MAGA, asesores espirituales y pastores de gran alcance mediático respaldan la gestión pública como una acción de orden divino.
La plataforma política quedó ligada a una lectura bíblica sumamente estricta a tal punto, que una parte de la población estadounidense considera que Trump representa un líder enviado para proteger las raíces de la nación frente al avance liberal. Él lo ha reafirmado además en su discurso.
Desde esta narrativa, cualquier crítico de la gestión es visto como una amenaza moral, pues desde esta visión las acciones responden a una bendición celestial. Es así como la posibilidad de buscar consensos o de negociar con la oposición desaparece de la agenda pública, porque, simplemente, “es un mandato de Dios”.
Kristin Kobes Du Mez, historiadora de la Universidad Calvin y autora de estudios sobre el movimiento evangélico estadounidense, destaca que el fenómeno MAGA logró transformar la fe en una identidad cultural y política. Argumenta que la adhesión al líder se fundamenta en la idea de un protector fuerte que defiende los valores cristianos frente a un entorno percibido como hostil.
Entre lo sagrado y lo público
El uso constante de la fe como herramienta electoral plantea serias interrogantes. Cuando el dogma sustituye al intercambio de argumentos, ¿de quién entonces es responsabilidad la convivencia colectiva? ¿De la misma sociedad o de un orden divino a quien no se puede reclamar ante una falta?
El problema central nada tiene que ver con los hombres y mujeres de fe participen en la vida pública. Se trata de la libertad para expresar ideales, un derecho que toda democracia debe proteger sin dudar, pero bajo una visión inflexible de la religión se torna frágil. El peligro real aparece cuando las élites manipulan los sentimientos religiosos de la gente como un recurso de campaña.
Al convertir el altar en una tarima electoral, se distorsiona tanto la gestión del gobierno como la verdadera esencia espiritual. La política pierde la capacidad de argumentar con objetividad, y la fe pierde su mensaje de unión para transformarse en un motivo de división.
Frente a esta encrucijada, el italiano Norberto Bobbio argumentaba en sus escritos sobre laicidad que el Estado debe mantenerse neutral no para negar la fe, sino para garantizar que ninguna creencia se imponga sobre las demás. Para este filósofo y politólogo, la laicidad es la única garantía real de paz social en sociedades heterogéneas.
La historia ha demostrado en repetidas ocasiones que la mezcla entre el poder terrenal y el fervor confesional trae consecuencias difíciles. Cuando los gobernantes se perciben como portadores de una verdad sagrada, corregir sus errores resulta casi imposible. La crítica ciudadana deja de ser vista como un derecho y se interpreta como una falta de respeto.
Preservar la neutralidad del Estado no significa silenciar a las iglesias, sino proteger las libertades de cada ciudadano frente al abuso de poder. Cuando la fe se convierte en un carnet político, pierde su vocación de paz y se transforma en un factor de división social. En la urna no se juzga la salvación del alma, sino el destino de una nación que necesita menos milagros y más soluciones reales.
T/Natchaieving Méndez