
La historia de la humanidad lo certifica: el acto de nombrar nunca ha sido neutral ni una forma de chiste para expresar carisma, obedece a una estrategia antigua y despiadada de dominación sobre la geografía, así como una forma a mediano y largo plazo muy efectiva para borrar historia, significados, identidad.
Esto pareciera que Donald Trump lo sabe muy bien, pues desde su llegada por segunda vez a la presidencia de Estados Unidos (EE. UU.) lo ha aplicado, no solamente en lo interno sino hasta en el ámbito espacial.
Su última acción al respecto fue la orden ejecutiva con la que rebautizó el lago de Ontario como “Lago América”. Con esta decisión arbitraria no solamente intenta borrar una denominación ancestral que proviene de la lengua iroquesa Kanadario (lago hermoso), sino que además es parte de la provocación y el chantaje comercial con Canadá, país con el que comparte este espacio. No solo se trata de erradicar la memoria de los pueblos originarios, también es cuestionar la soberanía del país vecino para nacionalizar esta área natural de ambos.
Pero no es la primera vez que Trump emprende esta cruzada de cambiar nombres. A su llegada a la presidencia en enero de 2025, decretó unilateralmente que el Golfo de México se llamaría “Golfo de América”. La medida, obviamente, fue rechazada de inmediato por su homóloga azteca Claudia Sheinbaum quien en aquella oportunidad recordó que la denominación se empleó antes de la fundación del territorio estadounidense; los mapas del siglo XVII ya reconocían ese territorio acuático.
Y es que, aunque la soberanía histórica de un pueblo no puede borrarse bajo un decreto administrativo, estas acciones representan un ataque ideológico constante de una guerra de nueva generación que se libra en redes sociales, en las que el inquilino de la Casa Blanca tiene evidente y amplia ventaja. Constantemente, la fijación de Washington es borrar las denominaciones de la toponimia fronteriza en sus plataformas digitales, difundir mapas modificados de otros países y zonas con nombres que suponen una “conquista” estadounidense.

Muestra de ello fue la imagen difundida por el equipo comunicacional del Magnate, en la que el mandatario tachaba la palabra “México” del estado Nuevo México, sustituyéndola arbitrariamente por “Nueva América”. El mensaje iconográfico hacia la población hispana que históricamente ha vivido en ese territorio es tajante y profundamente violento: todo aquello que evoque la herencia cultural o histórica latina debe ser asimilado o borrado bajo el implacable rodillo del nacionalismo anglosajón.
Esta cruzada se observa incluso dentro de los propios límites institucionales. La Administración Trump ha emprendido la depuración de nombres históricos para enlazarlos con la figura presidencial. El Centro Kennedy, el Aeropuerto Dulles de Washington o la estación de trenes de Nueva York han sido blanco del rebautizo de infraestructuras para erigir un culto a la personalidad en pleno siglo XXI.
Esta estrategia que se encuentra en los episodios de colonización antiguos, más allá de demostrar hegemonía militar pretende fortalecer una narrativa de supremacía lingüística. En otras palabras, quien controla la denominación de los lugares domina la forma en que las sociedades perciben su realidad geopolítica.

Resemantización cartográfica del despojo
En sus trabajos y discursos, el pensador crítico Noam Chomsky refiere que el control del lenguaje por parte de las élites persigue delimitar el marco de lo pensable, es decir, renombrar un espacio geográfico implica apropiárselo ideológicamente antes de ocuparlo físicamente con tropas o corporaciones.
Desde esta teoría, se comprueba que el imperialismo moderno ya no necesita instalar bases militares en cada esquina si logra imponer sus propios términos geopolíticos en la mente de la población global, una estrategia que pareciera estar aplicando Trump con esmero.
En sus discursos y publicaciones, el inquilino de la Casa Blanca ha insinuado abiertamente reclamar incluso la Luna como un territorio estadounidense, y aunque parezca una broma, un sarcasmo o un simple juego de redes, cuando se observa que estas pretensiones incluyen territorios en otros continentes, la acción lúdica pierde su lado divertido.
Un ejemplo se demostró en plena guerra con Irán, cuando el dignatario estadounidense dejó sobre la mesa la posibilidad de renombrar el estratégico estrecho de Ormuz como “Estrecho de Trump”, adjudicándoselo como un dominio marítimo exclusivo de Washington. La desmesura imperialista no parece tener fronteras terrestres ni extraterrestres.
Esta ofensiva resemantizadora exige un análisis desde una mirada descolonial. En el artículo «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina«, el sociólogo Aníbal Quijano explica que las fuerzas dominantes emplean la clasificación, inferiorización y el despojo de identidades locales como forma de establecer en la psiquis colectiva una marca de autoridad. Al pretender cambiar la toponimia global, Trump pareciera intentar reescribir el mapa planetario para posicionar su poder, su país, como único dueño legítimo de los bienes comunes de la humanidad.

Este despojo simbólico que en muchos casos inicialmente pareciera chiste, pero luego de la repetición se concreta, siempre precede y justifica el despojo económico o territorial, de allí la necesidad de asumir países soberanos como estados de su nación.
De acuerdo con Quijano, cuando una potencia hegemónica borra el nombre nativo o histórico de una región marítima o terrestre, cancela la memoria de las comunidades que la habitan. Esta apropiación del espacio global convierte los recursos compartidos en una propiedad privada al servicio de las multinacionales norteamericanas. Una forma silenciosa de violencia cultural.
Reetiquetado geográfico como chantaje
La estrategia de reetiquetado geográfico opera como una forma de coacción mediante la disciplina política. Tal como lo señalan diversos análisis en medios especializados como Revista Mercado, las modificaciones en los nombres de los espacios funcionan como herramientas de presión diplomática y chantaje en medio de disputas económicas. Si un gobierno vecino no cede ante las exigencias comerciales de Washington, la Casa Blanca responde despojándolo simbólicamente de sus costas, lagos o estados fronterizos.
Cuando se subestima estos cambios arbitrarios por resignación o pragmatismo se condena a la comunidad internacional a la sumisión cultural. La pasividad ante las imposiciones verbales prepara el terreno para la vulneración de tratados internacionales sobre la soberanía territorial.

Es necesario tener claro que la reinterpretación semántica tiene el claro objetivo de acostumbrar a la opinión pública a consumir una geografía distorsionada, con el fin de imponer la idea de que el planeta entero es un patio trasero cuyo mapa puede ser rediseñado al antojo de un presidente.
Ahora bien, el verdadero peligro radica en la naturalización del despojo mediante la repetición constante en los medios de comunicación hegemónicos. Si las corporaciones informativas adoptan la terminología de la Casa Blanca, se convierten en cómplices de la borradura histórica de los pueblos del Sur Global.
Es el momento del periodismo crítico y la intelectualidad comprometida que tienen la responsabilidad de mantener la alerta frente a este nuevo capítulo de la hegemonía anglosajona. Nombrar la realidad con precisión es el primer paso para desmantelar la estructura de poder colonial que pretende regir los destinos del planeta en una nueva época.
El mapa del mundo no puede trazarse desde el capricho de un imperio en decadencia. Es momento en el que la toponimia de la resistencia se convierta en un faro que guíe la emancipación definitiva de nuestras tierras.
T/Natchaieving Méndez

