El teléfono celular inteligente, o smartphone como se le conoce en inglés, es sin duda uno de los inventos recientes de mayor utilidad y popularidad en todo el mundo. Desde nuestras manos, y solo con el uso de los dedos o comandos de voz podemos comunicarnos con personas en todo el mundo, ubicar direcciones, hacer compras, informarnos, entretenernos, enviar un documento al trabajo o realizar un trámite personal.

Según un estudio publicado por la agencia de marketing digital Branch, en Venezuela había en 2023 unos 22.17 millones de celulares, lo que representa un 77 por ciento de la población, basándonos en estos datos. No hace falta hacer cálculos para determinar que buena parte de esos celulares están en manos de niños, cantidad que sería mayor al tratar de enumerar los prestados eventualmente por padres.

Con esta cantidad de dispositivos y la mencionada multifuncionalidad, es común ver en un evento familiar, transporte público o restaurante como los padres “entretienen” a sus hijos dejándoles el teléfono y así evitar “interrupciones” en lo que estén haciendo. Podríamos aventurarnos a decir que se trata de una manera de “neutralizarlos”. Otros padres también regalan celulares a sus pequeños, pues lo consideran un juguete más, total, es la “tendencia” de los tiempos que vivimos.

Pero a esta situación le ha salido buena cantidad de alertas desde la psicología, neurología, pedagogía y otras ramas del conocimiento: El uso prolongado e indiscriminado de smartphones afecta el desarrollo cognitivo de los niños.

La Academia Americana de Pediatría sentencia que el uso temprano y prolongado de estos artefactos, además de la televisión, “no es recomendable debido a las repercusiones negativas que puede tener en el desarrollo temprano”.

Una publicación de la Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes cita a varios autores que advierten sobre las consecuencias negativas en el desarrollo cognitivo en los primeros años de vida asociadas al uso de pantallas. “En niños menores de 2 años, por ejemplo, se ha reportado que puede tener incidencia negativa en sueño, visión, peso corporal, funciones ejecutivas, habilidades sociales y de conducta, atención, lenguaje y aprendizaje”, refiere la publicación.

Sobre la interacción social también advierte la revista especializada al señalar que “el uso prolongado de herramientas tecnológicas podría generar dificultades de regulación emocional, incrementar niveles de pasividad y restar oportunidades que pueden tener los infantes para construir formas autónomas de regulación que permitan calmarse, a la vez que puede representar menos cantidad de interacciones con población adulta y con el medio, lo cual limita oportunidades de intercambios sociales verbales y no verbales”.

Pero, ¿cómo ocurre?

La revista Pediatrics publica un estudio en el cual los autores sugieren que la sobreestimulación de las pantallas puede provocar problemas de atención, “ya que el cerebro tiene más dificultades para procesar toda la información”.

Lucrezia Crescenzi-Lanna, líder del proyecto Child Tech Lab, de la unidad de Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) recuerda que los bebés (menores de 3 años) “se encuentran en un momento en el que la interacción con adultos de referencia es determinante para su correcto desarrollo”. En ese sentido, aclara que “cuando familiares, amigos y educadores se dirigen a ellos mientras les miran y sonríen, cuando comparten la atención hacia un objeto o una acción, están estimulando sus sentidos a través del juego y apoyando su proceso de desarrollo del lenguaje, de la atención y de las emociones”.

¿Puede aprovecharse el teléfono?

Con el ritmo de crecimiento que experimenta la presencia de teléfonos en nuestras vidas, decir que nos alejemos del todo de estos es imposible. Para ello, los expertos recomiendan que en edades tempranas no se usen estos dispositivos, sino -por el contrario- se estimule al bebé de la forma natural: interacción humana, juguetes didácticos, sonidos, texturas y demás herramientas bien conocidas por la pedagogía.

Para niños un poco más grandes, Crescenzi-Lanna explica que debe regularse el tiempo de exposición a las pantallas, el contenido y -muy importante- con quién están compartiendo la experiencia. «Si una abuela juega con su nieto o nieta de dos años con una aplicación educativa de calidad, adecuada a la edad del niño, comenta lo que pasa en el juego y le cuenta anécdotas asociadas a lo que están mirando, esta será probablemente una experiencia compartida enriquecedora para los dos», ejemplifica la investigadora.

Igualmente, añade en un reportaje publicado en la página web de la UOC, que si un menor de cuatro o cinco años tiene miedo al mirar con su familia una escena de un dibujo animado o película «se puede emplear este momento para hablar del miedo, nombrar la emoción, ayudar a reconocerla y pensar cómo gestionarla, y también aprovechar para introducir el tema de la presencia de los estereotipos de género en los medios».

Dependerá entonces de la forma cómo usen los teléfonos los niños, estos es el contenido, el tiempo y la interacción con personas de su entorno. Siempre con la regulación y supervisión del adulto, y privilegiando siempre la conversación, el juego, el abrazo… el ser humano.

Fuentes:

Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, volumen 11, año 2, mayo 2024.

https://www.revistapcna.com/sites/default/files/2338_1-2.pdf

Universidad Oberta de Catalunya:

https://www.uoc.edu/es/news/2023/186-como-exponer-menores-cinco-anos-pantallasAgencia Branch: www.branch.com.co